el lunes a la madrugada me tocó toparme con el
remisero más capo del mundo.
ésta era la situación: volvíamos de bailar y de beber, y mientras que yo me volvía a la casa de mi papá, en la que no tengo que preocuparme si llego con olor a alcohol, a cigarrillo o a lo que sea, mis dos queridas amigas con las que me volví sí, ya que volvían a sus casas con sus padres ligeramente más preocupados que el mío, de esos que las hacen saludar para
rrrrrrrrrresssspirarrrrrles el
olorcito con el que llegan del boliche, que nunca suele ser a rosas, por supuesto.
-
boluda tengo olor?
oleme dale, que si me llega a sentir olor a algo me muero, no salgo en un mes.
-
dale, no
tenés chicles,
mentitas, perfume, nada? igual no se te siente tanto, pero por las dudas...
faltaban un par de cuadras para que
llegásemos a lo de mis amigas, que les tocaba bajar primero, cuando vemos que el
remis para en una estación de servicio. precavidas y perseguidas como somos, lo primero que hicimos fue mirarnos y coordinar como rodar por la puerta en caso de que al
remisero se le ocurriese dejarnos ahí o ir a buscar mas gente para
traficarnos o alguna de esas cosas. pero no. el
remisero se subió de nuevo y siguió viaje, no sin antes darnos unos
Beldent de cortesía, menta bien fuerte. no nos cobró siquiera un
pesito de más, y todo el tiempo nos repetía que no nos hagamos drama por nada y que estaba todo bien. nos deshicimos en elogios con
mr.
remisero.
dejé a las chicas y cuando
llegué (como ya dije, ni una luz me dejaron prendida mi viejo y mi hermano, infelices) tiré los zapatos por ahí, me lavé la cara y me acosté para dormir hasta las cinco de la tarde, pensando en el buen
remisero con el que nos tocó viajar.
remisero capo, nunca te voy a olvidar.